Pensando en las musarañas
acabé por admitir
que la Poesía era un ir
y venir de alas extrañas.
Lo demás son telarañas
obligadas al prurito
de encerrar en un granito
la profusión de la arena.
Pero no vale la pena:
escribir es infinito.
Avisos
Abrió mi casa de un culatazo.
Mató a mi padre,
violó a mi madre,
desterró a mi hermana.
Yo quedé vivo para preparar el funeral,
despedir el duelo y colocar la corona
que él mandó con uno de sus edecanes.
Una corona de flores muy vivas.
Autorretrato en el fondo de un cáliz
Un artista entre artistas, yo me mido
en sus sombras; no hay nada más sensato
que encontrarle la cuarta pata al gato
ni es menos lo que tengo o lo que pido.
Todo está dicho ya; ni me debato
en las grandes cuestiones, ni he vivido
y en saber lo que ignoro se me ha ido
la vida: soy un clásico barato.
Ser o no ser, quizás soñar a veces
el eterno retorno de lo mismo.
Podré multiplicar panes y peces,
o en un rapto discreto de heroísmo
apurar la cicuta hasta las heces:
pero todo en el fondo es espejismo.
Mis amores
a Julián del Casal
Tengo, como el poeta, el triste amor impuro
De las ciudades; tengo el amor escondido
De los efebos (ah tu cuerpo, esculpido
En el metal del sueño, que acaricio en lo oscuro).
Tengo el amor amargo de las muchachas suaves
(Ah tu cintura de agua, ah tu sonrisa luego
Del abrazo, tus falsos juramentos, tu ego,
Tu palidez, tus pechos leves como dos aves).
Tengo el amor sagrado de la sangre heredada,
Amor que no se ocupa de quejas ni traiciones;
El amor de los libros, mis amigos más viejos,
Y el de algunos amigos, como los libros, viejos.
Tengo el amor ridículo de la hierba pisada,
Del vino de Khayyam, del queso y los tostones.
Y tengo (como el rizo que guarda un camafeo)
El amor desgarrado de Dios, en Quien no creo.
Alba
Yo imagino una casa y un hogar y unos libros y una mujer sentada en mis rodillas.
Imagino lo que tuve y nadie sabe si volveré a tener: el invierno y las noches luminosas, la infancia con mi padre y el antiguo esplendor de una ciudad.
Mi belleza no es más que la belleza de esos días y acaso, de algún modo, la belleza de Dios.
Yo los espero con toda la inocencia con que se espera el alba, jubiloso y terrible, como si nada hubiera sucedido aún.
La resaca
Pesa la lengua. El cuerpo está esponjoso.
Duele mirar al sol. Mata atreverse
a respirar, a oír, a conocerse.
El mundo amaga en su total reposo.
Dentro de mí, el animal palpita,
mas el hombre prefiere el rezo, el sayo,
el flagelo, el ayuno, el trueno, el rayo
que purifique su virtud contrita.
Y el animal modosamente aguarda
a que el hombre reasuma el rol de fiera
y se lance al recuento de sus hambres,
a que la lengua, pez indócil, arda
junto a la cruz de esponja, en esa hoguera
donde Dios hila y tuerce sus estambres.
Yo engendré a mi padre
engendré los lentes que usa
el partido en que milita
sus instrumentos de trabajo
sus ojos, su ternura
el tímido orgullo con que me acaricia.
Yo engendré a este hombre que es mi padre
engendré la impotencia que le asalta a veces
el tiempo donde retrocede
yo engendré a este hombre artificial a este hombre crujiente como un poema
su palabra
su rígida sonrisa
su silencio incluso.
Yo engendré la miseria de mi padre
engendré la carne de mi padre
toda su vida y su muerte
su nombre
su casa
su historia.
Yo engendré a mi padre.
Atada al tobogán, deslízate, edad mía,
que ni sienta la brisa sobre el rostro;
elige el más remoto declive entre la nieve
y dame el don del sueño,
porque la espera me corrompe;
y el manar de mi sangre es cierto que no cesa
pero lo olvido mientras caigo
sin tropiezos, sin vértigo,
sobre la nieve blanca
como leche de cerda.